Hay reconocimientos que celebran una imagen, y otros que consagran una mirada. Cuando Gui Christ (@guichrist) fue anunciado como ganador de los Sony World Photography Awards, no solo se validó la fuerza estética de su trabajo, sino también la profundidad de las historias que decide contar. A pocas semanas de que una nueva generación de fotógrafos sea premiada en Londres, su recorrido cobra aún más sentido: el de un autor que ha hecho de la fotografía documental un vehículo para explorar la identidad, el territorio y la condición humana desde una mirada honesta y sin artificios.
En esta conversación, volvemos sobre el momento que marcó su carrera, pero también sobre el proceso, las decisiones y la sensibilidad que lo llevaron hasta ahí, para entender qué hay realmente detrás de una obra capaz de resonar a nivel global.
Cuando recibí la noticia, fue probablemente la mayor sorpresa de mi vida. Me quedé sin aire durante algunos minutos y tardé en entender lo que realmente estaba ocurriendo. Fue un momento de muchísima emoción, porque mi trabajo siempre fue construido de una manera muy intensa, cercana a las personas y a las historias que fotografío, sin imaginar necesariamente hasta dónde podían llegar esas imágenes.
Después de asimilar la noticia, empecé a comprender la dimensión de lo que representaba ese logro. El premio no significaba solamente un reconocimiento mundial, sino también la posibilidad de llevar a una plataforma de enorme prestigio un debate muy importante sobre las comunidades afrobrasileñas, de los cuales yo también formo parte. Para mí fue muy emocionante percibir que historias vinculadas a las religiones de matriz africana, a la identidad y a la resistencia cultural podían llegar a personas de todo el mundo a través de la fotografía.
Lo que más me marcó fue entender que mis imágenes podían crear conexión, diálogo y representatividad. Sentí que, de alguna manera, estaba ayudando a presentar al mundo historias que forman parte de la vida de millones de brasileños, pero que muchas veces todavía son vistas de forma estigmatizada. Fue un momento de mucha felicidad y también de gratitud, porque comprendí que la fotografía tiene una capacidad muy poderosa de acercar culturas y ampliar sensibilidades.
El premio me hizo entender, de una manera muy concreta, que las historias producidas desde América Latina, especialmente desde perspectivas históricamente marginadas de Brasil, pueden atravesar fronteras culturales y dialogar con personas de todo el mundo. Fue muy fuerte percibir que los temas sobre los que trabajo no son cuestiones aisladas del contexto brasileño, sino debates que atraviesan distintas sociedades. De alguna manera, eso me mostró que la fotografía también puede funcionar como un puente de empatía, información y transformación social.
Como fotógrafo, el premio me dio todavía más confianza para seguir creyendo en procesos largos, sensibles y profundamente humanos. Muchas veces trabajamos durante años en proyectos sin saber exactamente hasta dónde pueden llegar. Vivir la experiencia del Sony World Photography Awards reforzó en mí la importancia de permanecer fiel a mi propio lenguaje, a mis orígenes y a las historias en las que realmente creemos. Creo que fue una confirmación de que la autenticidad y el compromiso tienen fuerza.
Mi relación con el trabajo también se transformó de una manera muy positiva. Vengo de un recorrido construido con mucha persistencia, aprendizaje constante y cercanía con los territorios y las comunidades que fotografío. Y ver que un trabajo desarrollado desde ese lugar logró alcanzar reconocimiento internacional fue profundamente inspirador. Me hizo entender que no es necesario reproducir modelos externos o intentar encajar en expectativas internacionales para crear una obra relevante. Al contrario: muchas veces, aquello que existe de más local, íntimo y verdadero es justamente lo que posee mayor capacidad de conexión universal.
Creo que eso también puede servir de incentivo para muchos fotógrafos latinoamericanos. Existen historias extremadamente potentes siendo producidas en nuestro continente. Lo más importante es construir una voz propia, sensible, y comprender que la fotografía no es solamente sobre imágenes bonitas, sino sobre la capacidad de crear encuentros, ampliar visiones del mundo y producir memoria.
Ganar el Sony World Photography Awards va mucho más allá de la visibilidad. Claro que existe una transformación práctica importante: el trabajo empieza a circular más, surgen nuevas oportunidades y comienzas a dialogar con personas e instituciones de todo el mundo. Pero, para mí, el significado más profundo del premio fue entender que las historias producidas desde nuestra realidad tienen la fuerza suficiente para ocupar cualquier espacio global.
La fotografía producida en nuestros territorios carga una fuerza muy particular. Son imágenes atravesadas por memoria, territorio, espiritualidad, resistencia y humanidad. Muchas veces crecimos creyendo que necesitábamos aproximarnos a lenguajes o referencias extranjeras para ser reconocidos internacionalmente, pero una de las cosas más hermosas que viví con el premio fue descubrir exactamente lo contrario: aquello que existe de más verdadero en nuestras experiencias locales puede generar conexiones universales muy profundas.
Tal vez esa haya sido una de las cosas más emocionantes para mí: percibir que mi trayectoria podía incentivar a otras personas a creer en sus propias historias y en sus propios lenguajes. Porque durante mucho tiempo muchos países del Sur Global fueron vistos apenas como tema dentro de la fotografía mundial, y no como centros productores de pensamiento, estética y narrativa. Hoy veo cada vez más fotógrafos ocupando espacios importantes sin renunciar a sus identidades, y eso es muy poderoso.
Si hay algo que esta experiencia me enseñó, es que los fotógrafos no deben subestimar el valor de sus propias vivencias, culturas y referencias. Existe una riqueza inmensa en nuestros territorios y en nuestras formas de mirar el mundo. Y cuando una obra nace desde ese lugar verdadero, puede atravesar cualquier frontera.
Mi proyecto M’kumba nació de una necesidad muy profunda de revisitar la forma en que las religiones afrobrasileñas fueron históricamente invisibilizados y perseguidos en Brasil. Durante siglos, estas comunidades y religiosidades fueron sistemáticamente atacadas. Y aunque esa violencia todavía existe, sentí que podía, a través de la fotografía, ayudar a transformar ese escenario.
Como alguien que también forma parte de esa comunidad, comprendí que era importante construir imágenes desde un lugar de pertenencia y creatividad. Mi deseo era crear una narrativa que no colocara a las personas afroreligiosas únicamente en el lugar del dolor, sino también en el de la dignidad, la ancestralidad, la fuerza y la celebración de la vida. Por eso la serie mezcla elementos documentales y simbólicos para revisitar mitologías afrobrasileñas y reflexionar sobre cómo esas tradiciones ayudaron a millones de personas a sobrevivir a lo largo de la historia de Brasil.
El propio nombre M’kumba carga ese gesto de resignificación. La palabra tiene origen centroafricano y, antes de ser transformada en un término peyorativo por la sociedad brasileña, estaba relacionada con encuentros de sabiduría, espiritualidad y conocimiento. Recuperar ese significado también era una manera de recuperar memoria e identidad.
Más que denunciar el prejuicio, yo quería que la serie también transmitiera orgullo. Orgullo de una herencia cultural que sobrevivió a siglos de persecución y que continúa produciendo conocimiento, arte, acogida y formas muy profundas de comprender la vida. Y creo que eso también puede inspirar a otros fotógrafos: entender que nuestras historias locales poseen una potencia estética, política y emocional capaz de dialogar con cualquier persona, en cualquier parte del mundo.
Creo que esa relación de confianza nace, antes que nada, de la pertenencia y del tiempo. Mi relación con las comunidades de terreiro no comenzó a través de la fotografía. Forma parte de mi vida desde hace más de dos décadas, de mi formación humana, espiritual y afectiva. Pertenezco a una comunidad tradicional afrobrasileña y crecí aprendiendo valores como respeto, escucha, colectividad y responsabilidad con el otro. Eso transforma completamente la manera en que me acerco a las personas y a las historias.
Cuando llego para fotografiar, no soy visto solamente como alguien externo con una cámara en la mano. Existe un reconocimiento mutuo muy profundo. Conozco los códigos, tradiciones, los gestos y, sobre todo, las sensibilidades de esos espacios. También conozco el dolor provocado por la intolerancia religiosa, porque infelizmente esa violencia también atravesó mi propia trayectoria. Entonces muchas veces el encuentro sucede a partir de esa identificación humana y emocional.
A lo largo de los ultimos 7 años, mi trabajo en medios internacionales como National Geographic, además de otros periódicos y revistas alrededor del mundo, también ayudó a fortalecer esa relación. Muchas comunidades percibieron que yo estaba utilizando la fotografía no para exotizar o simplificar sus vivencias, sino para combatir desinformaciones históricas y construir representaciones más humanas sobre las religiones afrobrasileñas. Creo que eso generó un sentimiento muy hermoso de confianza colectiva.
Pero tal vez lo más importante sea entender que la confianza no se conquista solamente fotografiando. Se construye en la convivencia, en la presencia y en la manera en que te posicionas frente a las personas. Muchas veces, antes incluso de hacer una imagen, existe un tiempo de escucha, conversación, intercambio y cuidado. Y cuando las personas perciben que estás allí con verdad, dejan de verte solamente como fotógrafo y pasan a acogerte como parte de la comunidad.
Eso me enseñó algo muy importante sobre la fotografía documental: las imágenes más profundas generalmente no nacen de la distancia, sino de la relación humana que conseguimos construir. Y creo que es justamente eso lo que permite que las fotografías carguen intimidad, sensibilidad y vida.
Creo que ciertas historias no pueden ser contadas a través de imágenes individuales, porque su fuerza está justamente en la construcción colectiva. Una fotografía única puede ser muy impactante, pero una serie permite crear profundidad, ritmo, continuidad y múltiples capas de lectura sobre un mismo universo.
Para mí, la potencia de la serie fotográfica está en la relación entre las imágenes. Es en ese diálogo donde surgen matices que tal vez nunca serían percibidos de manera aislada. Una imagen puede presentar un personaje, otra puede revelar un territorio, otra aún puede traer memoria o espiritualidad. Cuando se reúnen, construyen una experiencia mucho más amplia y sensible.
También me gusta pensar que una serie permite que el espectador permanezca más tiempo dentro de la narrativa. Genera inmersión. Poco a poco, la persona deja de mirar solamente fotografías y empieza a entrar en contacto con atmósferas, sentimientos y complejidades de ese contexto retratado. Creo que es justamente ahí donde la fotografía adquiere una capacidad aún mayor de crear conexión humana.
Tal vez por eso veo las series fotográficas casi como organismos vivos. Cada imagen tiene su importancia, pero es el conjunto el que produce densidad, permanencia y significado. Y cuando una narrativa logra crear ese tipo de experiencia, deja de ser solamente visual y pasa a permanecer emocionalmente en las personas.
Mi fotografía nace de una combinación: mi formación en artes visuales, mi investigación de maestría en estética afrobrasileña y mi vivencia religiosa. Esos tres caminos terminaron construyendo la manera en que veo las imágenes y el propio acto de fotografiar.
Mi relación con la fotografía siempre estuvo muy ligada a la idea de símbolo, memoria y presencia. Tal vez por venir de las artes visuales, pienso la imagen no solamente como documento, sino también como lenguaje estético y conceptual. Me interesa mucho comprender cómo determinadas visualidades atraviesan la historia brasileña, especialmente aquellas heredadas de las matrices africanas y preservadas dentro de las comunidades de terreiro.
Durante mi investigación de maestría, empecé a profundizar todavía más esa mirada sobre las estéticas afrobrasileñas presentes en los cuerpos, los tejidos, los colores, la ocupación de los espacios, los objetos rituales y las formas colectivas de construcción de la belleza afrobrasileña. Existe una sofisticación visual y filosófica muy poderosa en esos territorios, pero muchas veces pasa desapercibida para quien mira desde afuera.
Como alguien que también pertenece a una comunidad tradicional afrobrasileña, mi relación con esas imágenes ocurre desde adentro. Eso me permite reconocer detalles, sensibilidades y capas simbólicas que forman parte de la experiencia cotidiana de esas comunidades. Muchas veces no estoy solamente registrando una escena, sino dialogando con referencias ancestrales, formas de cuidado colectivo y tecnologías de existencia que atraviesan generaciones.
Al mismo tiempo, intento construir una fotografía sin excesos ni artificialidades. Me gustan las imágenes que consiguen emocionar por la verdad que cargan. Mi interés nunca fue producir distancia, sino aproximación. Quiero que las personas puedan mirar esas fotografías y percibir humanidad, complejidad y belleza en contextos que históricamente fueron reducidos al prejuicio o a la desinformación.
Entiendo que territorio, identidad y pertenencia están profundamente ligados. Nosotros, artistas latinoamericanos, somos fruto de un proceso histórico marcado por el colonialismo. Pero también somos herederos de las formas de resistencia que esos pueblos crearon para continuar existiendo. Muchas de esas resistencias nacieron justamente de la relación con el territorio, de la preservación de la memoria colectiva y de la capacidad de reinventar pertenencias incluso frente a la violencia histórica. Y creo que hoy nosotros, los fotógrafos, tenemos la posibilidad de continuar reescribiendo esas historias a través de las imágenes.
Para mí es muy difícil separar fotografía y responsabilidad social. Vivo en un país marcado por desigualdades profundas, donde muchas personas todavía son impedidas de acceder a derechos básicos y a una vida mejor. Eso inevitablemente atraviesa mi mirada e influye en los proyectos que decido desarrollar. Siento que la fotografía puede ser una herramienta de aproximación humana y también una manera de combatir invisibilidades históricas.
Al mismo tiempo, mi relación con esas historias no nace solamente de la observación. Aunque hoy sea una persona blanca de clase media, vengo de un origen humilde y mi familia también estuvo profundamente atravesada por las dificultades sociales de Brasil. Crecí viendo a mis padres lucharem diariamente para existir con dignidad. Creo que esa memoria crea en mí una conexión muy fuerte con historias de resistencia, permanencia y esperanza. Y tal vez sea justamente eso lo que me mueve: la posibilidad de producir imágenes que no solamente registren realidades, sino que también puedan inspirar transformaciones futuras.
Muchas veces elijo proyectos que revelan la capacidad humana de continuar creando resistencia, afecto y colectividad incluso en contextos difíciles. Porque creo que existe algo extremadamente poderoso cuando personas históricamente silenciadas consiguen ocupar el centro de sus propias narrativas. Estas historias no hablan solamente de dolor o desigualdad; también hablan de invención de futuro.
Creo profundamente que la fotografía puede participar en la construcción de nuevos imaginarios sociales. Cuando una imagen produce identificación, pertenencia y reconocimiento, también ayuda a las personas a imaginar otras posibilidades de existencia. Y tal vez eso sea lo que más me mueve como fotógrafo: la idea de que contar historias también puede ser una manera de abrir caminos para que las próximas generaciones encuentren un mundo más sensible, más plural y más humano.
En un trabajo documental, especialmente en proyectos de larga duración como M’kumba, el equipo necesita estar completamente alineado con la intensidad del volumen de producción y con las altísimas exigencias de calidad que enfrentamos constantemente. Para desarrollar la serie utilicé la Sony Alpha 7R V junto con los lentes Sony FE 24-70mm f/2.8 GM, Sony FE 50mm f/1.2 GM y Sony FE 85mm f/1.8. Un conjunto que solamente Sony podría ofrecerme con tanta calidad y tecnología.
La Alpha 7R V me dio una libertad creativa impresionante. La combinación entre altísima resolución, dynamic range extremadamente amplio y precisión de enfoque permitió que pudiera producir imágenes con una profundidad visual muy cercana a aquello que realmente estaba viviendo en los territorios fotografiados. En muchos momentos trabajaba en ambientes con iluminación extremadamente delicada, escenas muy rápidas o situaciones emocionalmente irrepetibles. Y la cámara respondía con una precisión impresionante sin comprometer la naturalidad del momento.
Para mí, una de las cosas más extraordinarias de los equipos Sony es justamente esa capacidad de unir tecnología de punta y sensibilidad visual. Existe una fidelidad muy grande en las texturas, en las transiciones de luz, en los colores y en los pequeños detalles de las escenas. Eso marca una enorme diferencia en mi trabajo, porque mis imágenes cargan muchos elementos simbólicos, materiales y estéticos que necesitan permanecer vivos en las fotografías.
Los lentes GM también fueron fundamentales en ese proceso. La definición óptica, la profundidad y la forma en que dibujan la luz y el contraste crean una sensación de presencia muy fuerte en las imágenes. El FE 50mm f/1.2 GM, por ejemplo, me permitió trabajar escenas extremadamente íntimas preservando suavidad, profundidad emocional y una nitidez impresionante al mismo tiempo. El FE 24-70mm f/2.8 GM me dio versatilidad para moverme rápidamente entre diferentes situaciones documentales sin perder calidad. Y el 85mm aportó una estética muy especial para los retratos y los detalles de los objetos que vengo fotografiando.
Hoy mis fotografías están siendo exhibidas en galerías, festivales, museos y publicaciones en todo el mundo. Por eso trabajar con archivos de altísima calidad se volvió algo esencial. La tecnología de Sony me permitió producir imágenes preparadas tanto para grandes ampliaciones expositivas como para publicaciones editoriales internacionales sin perder detalle, profundidad ni intensidad visual.
Pero algo que los equipos Sony me hicieron comprender es cómo la tecnología puede ampliar la potencia artística de la fotografía. Cuando el equipo responde de manera intuitiva y precisa, dejas de pensar en las limitaciones técnicas y consigues estar completamente presente en la experiencia, en el encuentro y en la emoción de ese instante. Y creo que es justamente ahí donde la fotografía encuentra su fuerza más verdadera.
Creo que el primer consejo que daría es: sigan aquello que el corazón de ustedes les pide fotografiar. Porque al final, son las imágenes hechas con verdad, compromiso y emoción las que consiguen permanecer en el tiempo. Muchas veces intentamos seguir tendencias, agradar mercados o reproducir lenguajes que ya fueron legitimados, pero creo que la fuerza de una trayectoria nace justamente cuando entendemos aquello que realmente nos mueve como seres humanos.
También considero muy importante tener referencias y estudiar profundamente a los fotógrafos que nos inspiran. No solamente por las imágenes que produjeron, sino por las trayectorias que construyeron. Me gusta pensar que toda gran obra carga años de insistencia, dudas, intentos y maduración. Cuando observamos los caminos de fotógrafos que admiramos, entendemos que nadie construye un lenguaje relevante de un día para otro. Existe muchísimo trabajo, disciplina y entrega detrás de cada imagen que permanece en la historia.
Al mismo tiempo, creo que es fundamental tener claridad sobre hacia dónde queremos ir. No solamente en términos de carrera, sino principalmente sobre lo que queremos comunicar al mundo a través de la fotografía. Cuando entendemos eso, comenzamos a tomar decisiones más conscientes sobre nuestros proyectos, investigaciones, relaciones y procesos creativos. Creo que una trayectoria sólida se construye poco a poco, con consistencia y propósito.
Y tal vez una de las cosas más importantes sea nunca desanimarse frente a las dificultades. La fotografía puede ser un camino muy duro a veces, casi siempre solitario. Existen momentos de inseguridad, cansancio y frustración. Pero aprendí que el esfuerzo verdadero siempre encuentra alguna forma de reconocimiento. Muchas veces llega a través de pequeñas conquistas diarias, que para muchas personas desde afuera pueden parecer insignificantes, pero que van fortaleciendo nuestro camino. Y en algunos momentos, de manera casi increíble, puede llegar a través de los mayores reconocimientos del mundo, como sucedió conmigo en el Sony World Photography Awards.
Por eso creo tanto en la persistencia. Porque a veces aquello que hoy parece imposible puede transformarse en la realidad de mañana. Y tal vez lo más hermoso de la fotografía sea justamente eso: tiene la capacidad de transformar trayectorias individuales en algo capaz de inspirar a muchas otras personas a seguir creyendo en sus propios sueños y en sus propias historias.